Con la distancia puedo contarlo. Omito algún detalle:
Aquel día me conformé como trabajar de becario para el Diario de Navarra, en el que durante los dos últimos veranos he aprendido gran parte de qué significa ser periodista, sobre todo porque grandes periodistas de ese medio me han enseñado mucho.
Recuerdo que estaba en el CTI (sala de ordenadores) de mi facultad, justo después de haber terminado una práctica con Paco Sancho y preparando la que teníamos que entregar dos semanas después. Recuerdo que estaba con Marta Garrido en el ordenador de mi derecha, y que ella llevaba los cascos. Por eso sólo notó las vibraciones, y no oyó el sonido de la explosión.
“Han metido un petardazo”, le comenté. También solté un par de lindezas contra esos descerebrados que pusieron la bomba. Durante unos instantes dudé, todo el mundo estaba quieto. Me asomé por una rejilla hacia el lugar de donde había venido el ruido, pero nada. Le dije que bajáramos a ver. Bajamos. Todo el mundo salía de la facultad, con orden pero con cara preocupada. Los tornos se habían abierto para dejar libre tránsito. Corría. Quería ver qué pasaba, todavía tenía la esperanza, mínima, de que no pasara nada.
Nos detuvimos en seco y vimos una columna de humo. Pensé que habían matado a alguien. “¿Por qué han hecho eso?”, me preguntó Marta, a la vez que se puso a llorar. Yo también lloré.
Bajamos hasta la explanada de bibliotecas, de donde venía el humo. Vi el coche arder. Vi cómo los coches contiguos explotaban. Vi como llegó el Patrol de la Guardia Civil antes que ninguna otra fuerza de seguridad. Mandé dos mensajes: a mi padre y a mi jefe de prácticas del diario.
Entonces nos echaron, nos evacuaron del campus. A la vuelta, iba comprobando que todo el mundo estaba bien. Entre la red saturada, me llegaban las llamadas perdidas de amigos y familiares. No importaba, lo principal era asegurarse de que todos estaban bien.
Nos encontramos a Florian. Pero ni rastro de Guarramón ni Eva. Nada, red saturada. Mandamos mensaje. A los diez minutos respondió Guarramón: “Eva y yo estamos bien”.
Nos echaron. Por fin, lejos de la uni, hablé con mi hermano y mi padre mientras volvíamos a casa. Mi padre me dijo que alguien había visto rojo en la pared. También nos lo había dicho Paloma. Me reafirmaba en mi hipótesis de que se habían llevado a alguien por delante. Algunas lágrimas se me escaparon de nuevo.
Ya a punto de salir, volvimos al campus, por el otro lado. Allí me encontré varios periodistas. Entre ellos a Teresa y a Rafa, mis compañeros en el diario. Hablamos por teléfono con Nacho (que había vuelto a perder, por tercera vez en tres meses, mi número de teléfono, y no sabía quién le llamaba ni quién le había enviado el mensaje, lo cual me desesperó).
Ya por el camino hablé con Iván, que me dijo que ningún muerto que estaba en las noticias, y que había aviso de bomba para el edificio de Ciencias, en el que estaba Pedro, el director de Hércules, el musical, con quien hablaba Marta.
Teníamos que llegar hasta arquitectura. Y llegamos media hora después. Lo que pasaba era que les habían encerrado. Nos metimos por la puerta de atrás, en la que la policía no había reparado. Hablamos con los camareros, un profesor que no quiso dar su nombre, un bedel, y dos estudiantes que salían (estúpidamente, dejaban salir pero no entrar).
Pero vino otro bedel y nos echó. Pero ya teníamos la noticia. Yo mandé por correo mi texto (esta tarde tuve que dar catequesis, y obviamente no iba a dejar que esos desgraciados me estropearan mi rutina), pero Teresa y Rafa fueron al diario y montaron el texto.
***
Al día siguiente, me encontré a MAJ en la entrada de la Facultad. Nos dimos la mano. Me miró sonriente, como siempre (estoy empezando a creer que es el hombre más feliz del mundo). “Ayer hubo muchas cosas buenas”, me dijo.